
"Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. Entonces, qué grato resulta arrebatar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene vello sobre el labio superior y, con los ojos muy abiertos, hacer como si se le pasara suavemente la mano por la frente, llevando hacia atrás sus hermosos cabellos. Inmediatamente después, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si muriera, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias. Luego se le sorbe la sangre lamiendo sus heridas, y durante ese tiempo, que debería tener la duración de la eternidad, el niño llora. No hay nada tan agradable como su sangre, obtenida del modo que acabo de referir, y bien caliente todavía, a no ser por sus lágrimas, amargas como la sal..." Ese era un fragmento de la estrofa VI del primer Canto de Los Cantos de Maldoror, uno de los libros más extraños y perturbadores que he leido nunca. Es algo parecido a una oda al mal, y no tiene un hilo argumental claro. Se compone de una serie de descripciones, casi épicas, de imágenes violentas, blasfemas y obscenas. La putrefacción, el satanismo y la deshumanización también están presentes. Pero lo más sorprendente es el efecto que causa en el lector tal acumulación de actos atroces puestos al servicio de la"prosa poética" de su autor.
Isidore Lucien Ducasse, un poeta franco uruguayo, lo escribió en 1868 bajo el pseudónimo de Conde de Lautréamont. Tenía 23 años (y sólo le quedaba uno de vida) cuando decidió advertirnos desde su primer Canto:“Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán…”
Y así sigue, en el mismo tono destructivo y mortal. Los cantos de Maldoror fueron también un reflejo moral de una sociedad de la cual los dandies fueron sus hastiados espectadores, reivindicados mucho después por los surrealistas y los críticos literarios como uno de los libros clave del S XIX.
Este es el resto de las cuatro fantásticas imágenes que me dio por ilustrar, "libre y feroz" tras su lectura:
Este es el resto de las cuatro fantásticas imágenes que me dio por ilustrar, "libre y feroz" tras su lectura:


Actualización ( 15-09-08) : Aquí están los originales.



























