Monk es una serie de televisión basada en una de las fórmulas más viejas de la historia del medio: el detective que resuelve un caso por episodio. No es friki, ni transgresora, ni pretende hacer historia. Puede parecer, incluso, un producto anticuado para tiempos en los que las tramas de continuidad son sagradas (por las que un personaje bueno se convierte en uno muy malo en tres temporadas, y todo el mundo aplaude), o en las que la palabra destino guía a todos los personajes durante capítulos y capítulos hacia... la nada. Es como si, para el creador de Monk, Andy Breckman, nunca ha existido la HBO, ni David Lynch, ni Joss Whedon. Parece que jamás ha visto un capítulo de Lost ni de Heroes. Un asco de profesional, vamos.
Pero, pobre hombre, se lo puede permitir. Porque ha parido un personaje de los de verdad, de una pieza, casi perfecto: Adrian Monk. Tony Shalhoub le da vida de forma genial y, solo con eso, logran el milagro: una serie de televisión que, lejos de los productos pedantes y adictivos de la competencia, es divertida, triste y entretenida a partes iguales.
Los detectives con problemas físicos abundan en la historia de las series. Podemos recordar, entre otros, a Ironside en su silla de ruedas, el invidente Longstreet, investigador de una compañía de seguros, o el eterno perdedor Harry O, con una bala alojada en la columna vertebral, por no hablar del enorme Cannon. Pero Adrian Monk es un investigador con problemas psicológicos. Se trata de un ex-detective de la policía de San Francisco quien, tras el asesinato aún sin resolver de su esposa Trudy, se sume en una crisis que exacerba sus manías hasta convertirlas en un grave desorden obsesivo compulsivo, lo que le impide llevar una vida normal por temor a una lista interminable de cosas como los gérmenes, las alturas e incluso la gente -no digamos los dentistas- y su necesidad de orden y simetría. Pronto sabremos que sus múltiples fobias, manías y falta de empatía tienen su origen en la educación que recibió. Su asombrosa memoria fotográfica y sus brillantes deducciones le permiten integrarse socialmente como consultor de la policía, pero eso es todo; a pesar de sus visitas constantes al psiquiatra, o de la ayuda de su asistente, Monk está solo y rodeado de tinieblas, como él mismo dice.
Y creo que ese es el porqué de la capacidad de fascinación del personaje: bajo su disfraz de Rain Man metido a investigador, o de Colombo con (más) problemas mentales, en Adrian Monk habita Drácula. La figura simbólica clásica creada por Bram Stoker para hablar de la fascinación de lo prohibido y la sexualidad reprimida es, en Monk, la clave. Y es que esta sociedad políticamente correcta y globalizada que nos ha tocado vivir no es tan diferente a la sociedad victoriana que engendró personajes como Drácula, Dorian Gray, el Dr. Jekyll o el mismísimo Sherlock Holmes, claro.
Monk, como el vampiro, siente que no está vivo. Está obsesionado con el recuerdo de su amada, que murió hace muchos años y a la que, de alguna forma, le debe sus recuerdos humanos. Sus superpoderes son, como el propio Monk no puede dejar de repetir, su bendición, pero también su maldición. Si los vampiros temen la luz del día, a los crucifijos y al agua bendita, si son -o eran- creyentes, Adrian teme a casi todo lo que se mueva. Y si Drácula necesitaba dormir en tierra de su suelo natal, Monk apenas puede salir de su casa y conservar la calma.
Pero Monk es, ante todo y aunque no lo parezca, una comedia de lo más amable. Pura espuma. Así que nadie espere que el lado más siniestro del personaje se desarrolle jamás. Si la idea hubiera sido de Tim Kring, por ejemplo, el personaje Adrian Monk ya habría evolucionado y, antes de la quinta temporada, sería un sociópata que bebería la sangre de sus víctimas. Monk es idéntico a sí mismo capítulo tras capítulo, por más cosas que nos cuenten del personaje, enriqueciéndolo. Esa es la bendición de la serie. Y su maldición.











